En el presente articulo intentaré aplicar el círculo hermenéutico a un problema de inundación leve, y hacer un ir y venir entre ese hecho que está ahí, y el interior de la persona. El objetivo es mostrar aquello que está allí siempre ante nosotros, que nos estorba, pero que parece no importar, o nos las ingeniamos para pasar por alto aquello que nos ocasiona molestias.
Cualquier otra persona haría un articulo que se dedique a hablar de sectores desordenados, o pobres, para hacer más claridad en el asunto. Pero yo quiero irme a lo más alto de la sociedad, quiero hablar de un lugar donde vive la gente con los mejores sueldos, que gasta más dinero en la cotidianidad; quiero hablar de aquellos que se visten, incluso, con ropa comprada en el extranjero; de aquellos que se consideran millonarios, ricos, o simplemente, aquellos con una situación económica muy bien.
Desde que iniciaron las lluvias en Cartagena, las calles de Boca-grande y Castillo-grande, especialmente las que están cerca a la Bahía de las Animas, se han visto inundadas levemente; incluso, no es necesario que llueva para que esto suceda, simplemente con que aumente un poco la marea es posible ver cómo estas calles de estos barrios tan “pupis” se vuelven un asco. No todas las personas que pasan por estos barrios ya mencionados, son personas con un nivel económico y social alto, la gran mayoría, empleados y empleadas, se ven afectados precisamente por no tener la capacidad económica para estar en una mejor situación que les ahorre tener que sufrir la molestia de una calle inundada. He visto a muchos obreros, albañiles, y empleados cualesquiera, quitarse los zapatos para caminar a través del agua y llegar así, a la parada de buses. Para luego estar mojados y hediondos dentro de una buseta llena de otras personas semejantes.
Parece ser que el problema de la inundación leve no afecta a los residentes, o por lo menos eso creo, porque he escuchado varias veces a muchas de estas personas quejarse del agua empozada, y de las pequeñas olas producidas por el movimiento de los carros. ¿Quejarse? Sí, eso es lo único que hacen, les molesta que se inunden las calles, aunque parezcan no verse afectados (as); no sé si realmente hacen algo para evitar que eso suceda, o para arreglar el problema, no los veo, simplemente veo que salen a diario en sus autos lujosos, y manejan con una expresión de desagrado en su rostro. Parece irónico cómo es posible que esta gente pueda vivir con tanto dinero, pagando servicios públicos altísimos, – pues, estamos hablando de gente que vive en estrato cinco y seis – y a la vez, que todos esos lujos estén inmersos en la realidad asquerosa de las calles; porque dentro del apartamento no hay que quitarse los zapatos para no mojarlos, pero allá afuera, donde sufren los pobres, es donde se ve esa mezcla entre belleza y porquería, entre lo alto y lo bajo.
Ya he descrito una problemática que no me interesa profundizar, sino que me parece interesante cómo es posible que unas personas de tan alto estrato puedan vivir en medio de algo desagradable y molesto, y que lo único que hagan es hacer de cuenta de que eso no sucede y arrugar la cara para demostrar disgusto. Será problema entonces de los ingenieros civiles, o de la administración de la alcaldía mayor de Cartagena, pero eso no me importa. Creo que lo que he dicho es suficiente para poder entender lo que viene a continuación.
Era la una de la tarde cuando iba pasando por los edificios que quedan enfrente de la bahía en Boca-grande cuando me encontré con la imposibilidad de poder cruzar de una calle a otra, precisamente porque el agua se desbordaba del andén y yo no pensaba mojar mis zapatos y el pantalón. En ese preciso momento, en el que la rabia se iba incrementando rápidamente, recordé algunas cosas que he pensado sobre las personas, más que todo sobre mi mismo, y tiene que ver con algo que veo como problema, algo que sucede cuando se guardan sentimientos que de alguna u otra forma son nocivos únicamente para la persona. Encontré una relación estrecha con lo que me estaba pasando físicamente. Intentaré explicar qué fue lo que me sucedió interiormente ahí cuando estaba de pie frente al agua sucia y asquerosa que no me dejaba estar tranquilo, cuando todo alrededor parece tan bonito y seguro.
Así como pasan los días y hay que soportar el agua que se empoza en las calles, también hay que soportar los recuerdos y sentimientos que atormentan la mente. No haré énfasis en una situación exacta, por eso es posible que puedan imaginar algo referente a una muerte, a un rompimiento sentimental entre una pareja, sean o no heterosexuales; una pelea, o cualquier otra cosa que cause un sentimiento negativo, algo que haya sucedido en el pasado, que sea un recuerdo horrible que omitamos para no volver a sentir aquello que nos causa dolor o vergüenza.
El tiempo se va y vivimos frente a todos como un mero rostro sonriente que expresa simplemente la respuesta a las exigencias de la cotidianidad, pero eso no es lo que importa realmente, porque lo externo es lo que todos pueden ver; sin embargo, el interior es algo que únicamente es cognoscible para aquel que vive y piensa.
Nos hemos visto sometidos a vicisitudes que nos han marcado de algún modo, guardamos resentimiento, tristeza, dolor, agonía, vergüenza, ira, y recuerdos que nos llevan a sentir, de alguna manera, no igual siempre, estos sentimientos, que también quiero denominar como experiencias, porque hacen parte de eso que se ha interiorizado. Sin embargo, también guardamos sentimientos y recuerdos positivos, como la alegría, el amor, diversión, etc. Pero mi objetivo no es hablar sobre las cosas positivas de la existencia, sino de lo negativo, de aquello que es putrefacto y hediondo.
Dichos sentimientos y recuerdos negativos y muertos son guardados en nuestro interior, un lugar al que muchas personas de la vida cotidiana denominan como corazón. Guardamos en nuestro corazón todo lo malo, y todo lo bueno. ¿Qué sucede cuando se mezcla lo bueno con lo malo? ¿Cuál es el problema con guardar lo negativo junto con lo positivo? ¿O simplemente hay un problema con guardar lo negativo? Ciertamente he vivido lo que es guardar resentimiento, odio, ira, tristeza, y todas estas cosas que son negativas para la persona, porque lo único que hacen es atormentar la existencia; nunca viví tranquilo y feliz cuando en mi corazón había tanta porquería.
He escuchado a muchas personas, luego de haberles recordado un suceso nefasto para ellos, decir:
“¿Por qué me recordaste eso? ¿No ves que me duele?”
Yo les respondo con un simple:
“Entiendo que te duela, pero no tienes por qué vivir sufriendo por eso.
Y esas personas siempre me responden con lo siguiente:
“No me importa, sólo quiero dejar eso quieto, no quiero recordarlo; quiero ocultarlo en un baúl y depositarlo en lo más profundo de mi alma”.
Cuando hablamos de algún suceso de muerte, parece que es tan importante y tocante que no debe ser mencionada la palabra siquiera, es tan propio el dolor, que es inaudito decirle a alguien:
“No te preocupes, deshazte de ese sentimiento que te atormenta, no sufras, expulsa ese dolor, sácalo, aprende a vivir sin sufrir cuando recuerdes a aquel que hoy no está a tu lado”.
Si realmente yo le dijera lo anterior a alguien que ha perdido a un ser querido, obviamente me insultaría, me llamaría loco, atrevido, y una serie de cosas más que crecerían en significado ofensivo. Lo cierto es que cada quien vive su vida de acuerdo a como puede y sabe. Pero veo que es algo irónico cómo personas, incluyéndome, que se construyen tan hermosamente en la vida, como profesionales, amigos, hermanos, hijos, esposos, padres, y lo que sea, dejemos que algo que siempre está ahí nos estorbe y atormente, y que lo dejemos ahí sin más, no lo quitamos, no lo sacamos, simplemente sufrimos y nos quejamos y hacemos NADA por enfrentar el sufrimiento, sólo lo evitamos.
Vivimos en el día como personas normales, nos vestimos con nuestra ropa, nos subimos al auto, y vamos a la oficina, donde nos espera una rutina apretada de obligaciones que es importante cumplir. A nadie le importa la inundación en las calles de Boca-grande y Castillo-grande, así como a nadie le importa el tormento que yo viva, o que tú vivas, en el corazón. El existir parece ser solamente el responder a las exigencias de los demás, para poder realizar economía, avanzar en el conocimiento, y lo que sea que nos haga vivir bien hasta el día de nuestra muerte, pero en los momentos de soledad, ¿Qué importa todo aquello que es académico? ¿Qué importa si llego tarde siempre? ¿Qué importa si no se firma el contrato, o si dejo de ir al trabajo, cuando todo en mi corazón se está destruyendo por culpa de sentimientos y recuerdos que me atormentan a diario?
Ciertamente el corazón es como una calle que se puede inundar fácilmente por esas aguas hediondas y asquerosas que nos molestan, lentamente destruyen todo lo hermoso que teníamos, así como verdaderamente sucede en Boca-grande y Castillo-grande; que los andenes se rompen, el agua se mete en las casas y edificios y daña algunos inmuebles. Y nos quedamos, apartemente impertérritos, ante todo ese suceso que nadie ve. En el caso de las calles de Boca-grande y Castillo-grande, debe ser alguien experto en el tema de ingeniería civil, o algo parecido, el que deba solucionar ese problema; deben ser los residentes los que denuncien la problemática con su respectiva propiedad, porque las autoridades no le harían caso a alguien que no vive en dicha localidad. Pero, ¿quién es el que debe expulsar todas esas aguas hediondas del corazón?
Las primeras preguntas que cualquiera se haría, tal cual como yo lo hice la primera vez que me vi ante la situación presente, serían las siguientes: “¿Cómo se expulsa? ¿A dónde se expulsa? ¿Si es afuera el lugar a donde va lo que se expulsa, qué es afuera?
Las respuestas no son fáciles, aún, mientras medito sobre la expulsión, me encuentro con dificultades que a diario voy entendiendo, pero lo que tengo que entender es su explicación; cada quien debe encontrar por su cuenta el cómo expulsar, a dónde expulsar, y por consiguiente, su afuera.
Es necesario expresar lo que en el interior late, no se puede dejar que se empocen las aguas, hay que sacarlas, hay que expulsar lo muerto y tormentoso, para que las cosas positivas corran libremente, y sin molestias, por los pasillos de la existencia.
Pero si nos dedicamos a guardar aquellos sentimientos y recuerdos muertos en un baúl, en un ataúd, o debajo de la alfombra, siempre llegará el día en el que su putrefacción llegará a nuestras narices y nos causará una nausea horrible que no podremos soportar, ni aun las lágrimas serán suficientes para evacuar la agonía que adentro se puede originar; sentiremos algo parecido, incluso peor, a lo que sucede cuando nos encontramos frente a una calle llena de agua que no podemos cruzar porque nos dañaríamos los zapatos, o nos mojaríamos hasta por encima de la rodilla.
Ya las lluvias han pasado, y las calles de Boca-grande y Castillo-grande no se han vuelto a inundar, el problema ya pasó, hoy parece insignificante, ya nadie sufre y nadie hace mala cara, ahora sí parece un barrio bonito y fino donde vive la gente con dinero; sin embargo, el año que viene volverá a llover, y viendo los pronósticos climáticos, cada año será peor; volverán las personas quitándose los zapatos, las señoras arrugando el ceño dentro de un auto de sesenta millones de pesos; los parques embadurnados de barro, y una hediondez peculiar que se esparce a través de los cuerpos que van y vienen por la avenida San Martín.
¿Qué hay que hacer?
Juan Pablo Valderrama Pino.

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